Los que buscamos en los contenedores (que arroje la primera piedra quien no recuerde a Duchamp y sus ready mades) encontramos a veces alguna joya. La última, hace semanas, el diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot, obra de incomparable belleza que se lee como el interior de un cofre. Nos viene al pelo para informarnos sobre la simbología, (numerología para los iniciados), del número 7. Dice Cirlot lo siguiente: “Está compuesto por la unión del ternario y el cuaternario, por lo que se le concede excepcional valor. Corresponde (…) a la conexión del cuadrado y el triángulo, por superposición de éste (cielo sobre la tierra) (…) Gama esencial de los sonidos, de los colores y de las esferas planetarias, número de los planetas”. Seguido de un interesante etcétera. Pero, ¿A cuento de qué estas líneas? Pues del mercado de Abastos de la Línea de la Concepción. Resulta que el inmueble, que espera una pronta rehabilitación en la primavera, juega con el siete y sus múltiplos en espacios, arcos, vanos y demás. El siete, ni más ni menos, uno de los preferidos de los francmasones, que debieron pulular en abundante minoría por la ciudad gaditana a finales del XIX. No nos extraña demasiado si abrimos el angular histórico sobre la ciudad sureña. El Cádiz de 1812 y las cortes fue un verdadero hervidero de modernidad, como muestra la Pepa, más avanzada que Cartas Magnas muy posteriores. Que Cádiz sea hoy la provincia con mayor tasa de desempleo, no responde a la gloria histórica que una vez supo protagonizar. Allí se visualizaba una España con división de poderes, por lo menos de iure, algo que no se le pasaba por la cabeza a la mayoría del resto de españoles. ¡Vivan las cadenas! Ciudad abierta a América, primer puerto de Indias tras desbancar a Sevilla, sufrió la furia reaccionaria del rey felón y no levantó cabeza. De la resistencia y los clubes secretos debieron surgir esas ideas que cobran forma en este mercado de 1882. De planta que recuerda un poco a las basílicas romanas, cualquiera diría que rezuma simbología entre sus puestos de camarones y sus tascas, bajo esa simple y funcional techumbre de cerchas de hierro. Y es que los mercados de hierro, más o menos modernistas, son nuestra predilección: l’Abaceria del barrio de Gràcia (en plena reforma para extirpar el amianto), el de Colón de Valencia (reluciente desde su restauración, premio Europa Nostra 2003) o el madrileño de Olavide que ya no existe por la estrechez de miras de los que mandaban. El de la Línea, vivito y coleando que ahí anda, con sus gaditanas haciéndose tirabuzones rodeadas de la magia de los números de la masonería. 

 

El mercado de Abastos o de la Concepción está en la Lista Roja desde el 2 de junio de 2009. ¿Cuándo engrosará la Lista Verde?