Nueve meses bastaron, no más, no menos,

exactos los nueve y a los nueve expectantes

del momento nacieron de un siglo viejo

dos almas de un tiempo nuevo.

 

Y así,

así,

así salieron, ella asomando, feliz, risueña

la cabeza con sonrisa venidera, triunfadora,

una terremoto.

Él como que agotado pero satisfecho tras nueve

sí, nueve meses en el rincón de la barriga

allá en el rincón donde fraguar el ímpetu

y la paciencia, el huracán.

 

Pasaron lo días y meses

las visitas esporádicas de abuelo

que como torbellino se juntaba

mientras perdía la baba con su huracán

y poniendo ella el pie, su terremoto.

 

Arboles, melocotones, naranjas

y la piscina llena de felicidad

hacía que las sonrisas se llenaran de agua.

 

Y al año, sí al año, después de la estampida del útero

vino el primer reencuentro con el mayor de los hermanos

besos, abrazos, tirones de pelo,

ojo, todo está grabado,

rodamos por el suelo, saltamos por el viento,

sí, es nuestra manera de querernos y de amarnos.

¿el resto? Nos lo dirán los años.

 

Hasta entonces, albricias, besos, caricias y abrazos

charlotadas con el abuelo a distancia desde el pueblo

y a inundar de sonrisas y alegría el salón de la casa

por parte de Huracán y Terremoto.

 

– Cuánto amor y cariño desprenden

-”Me mata eso compañero… son felices”

– Disfrutalo

– Es nuestro trabajo, sobre todo el de la Mamma.

 

Así pasó, recuerdo, a la vuelta de una escapada.