Por lo general las actividades culturales son poco rentables. En la economía de mercado del siglo XXI el sector cultural no queda bien inserto en el proceso de reproducción de capital a escala ampliada. Los estudios cinematográficos, las productoras, las discográficas y las editoriales, entendido su ámbito como “industria cultural”, son los sectores más productivos, donde sin duda se pueden generar grandes beneficios, pero, si hablamos del capital cultural de un país o de su patrimonio, se encuentran sectores de baja productividad. Entonces, viendo la poca eficiencia en el retorno monetario de la cultura, ¿por qué se decide invertir en ella?
Si se atiende al motor de la economía, la producción, la cultura no es definitivamente la actividad más rentable, tanto en España como en el conjunto de la sociedad occidental.
El sector secundario y la industria aumentan su productividad aumentando la producción y/o abaratando costes. El sector cultural adolece de ser poco productivo al tener una capacidad limitada de variar estos factores. ¿Con cuántos músicos se puede tocar una sinfonía? En ese caso, ¿se puede sustituir trabajo por capital? En el ámbito cultural, el factor fuerza de trabajo es indispensable y, a menudo, insustituible, lo que redunda en costes de producción superiores. En resumen, para que este sector sea solvente y competitivo cae en la dependencia de la subvención pública y privada, es decir, va adquiriendo condicionantes (y la rigidez siempre es un problema en la economía de mercado). A este fenómeno se lo conoce como “Enfermedad de Baumol”.
Si se pone el foco, por otro lado, en el retorno de los beneficios monetizables, tampoco es la inversión en cultura y/o patrimonio la mejor opción a priori.
La cultura es un sector poco flexible, como se ha visto. Muchos métodos de medición han demostrado, curiosamente, que una rebaja de las tarifas de entradas a un recinto de carácter cultural no repercute en un gran aumento de visitantes y, viceversa, la subida de precios no limitaba significativamente la demanda. Además, su consumo tiene también numerosas limitaciones… En primer lugar, los eventos culturales, en sus formas tradicionales, tienen un elevado coste de oportunidad que impide que los consumidores afluyan de manera masiva; por otro lado, a menudo es preciso poseer un cierto nivel formativo para disfrutar plenamente del valor que poseen la cultura y el patrimonio (por ello el público objetivo de muchos museos son, en gran parte, adultos de clase media con estudios medios/superiores); además, estos sectores no escapan a la tendencia marginal decreciente del consumo, es decir, una representación teatral irá perdiendo valor a medida que se consuma repetidas veces: es probable ver una obra de teatro un día, pero es improbable verla 5 veces, deja de ser socialmente necesaria.
Decíamos que el sector cultural genera externalidades positivas: puesto que es un sector poco productivo, cuyas inversiones son insuficientes para cubrir la demanda, se recurre a otras fuentes de financiación como subvenciones, patrocinios o exenciones fiscales para cubrir la demanda. En España, el grueso de las externalidades positivas en cultura recae sobre la Administración General del Estado (AGE). Pero, ¿por qué invertir dinero del tesoro público en un negocio no rentable económicamente?
Cuando se valora el capital social y cultural que puede activarse y reproducirse con la cultura y el patrimonio es cuando estos sectores se presentan como rentables. Ambos son valiosos y la sociedad es más próspera en la medida en que invierte en ellos de la manera más sostenible.
El gasto cultural es inversión con efectos multiplicadores y de atracción, es decir, desarrollo. La cultura y el patrimonio no sólo producen beneficios económicos, sino que producen en primer lugar beneficios sociales. Representan un pilar imprescindible del capital social de los pueblos y encarnan su identidad cultural; las personas, al consumir cultura, desempeñan más un consumo de valores que de bienes y servicios. La inversión económica en cultura y patrimonio es necesaria porque su activación es fundamental; no sólo hace falta tener el patrimonio, sino que también es preciso ponerlo en valor, promoverlo para que su aprovechamiento social sea significativo.
En definitiva, si se quieren comprender las relaciones económicas de la cultura y el patrimonio, se debe atender a esta premisa, que el beneficio económico se considera desde el prisma del beneficio social catalizado a largo plazo en desarrollo.
Con todo, es posible que la gestión cultural/patrimonial también resulte rentable en sus efectos directos, indirectos y deducidos. Con el ejemplo del “efecto Guggenheim”, se entiende que los datos ofrecen resultados positivos en los efectos directos, indirectos y deducidos a raíz de la construcción del museo bilbaíno. El Guggenheim fue un gran incentivo social no porque la inversión monetaria se recuperara a través de la venta de entradas, balance para el cual harían falta varias décadas, sino por la activación económica de su entorno: cultura, servicios, turismo, hostelería, transportes… En este sentido, en el sector económico de la cultura, las estrategias de desarrollo se orientan hacia la revalorización urbanística y local sobre el plano territorial, el suelo próximo al patrimonio experimenta transformaciones, puesto que este capital cultural es un buen medio de revalorización del entorno.
La cultura y el patrimonio resultan rentables porque son un activo de la industria cultural, un recurso para la industria turística y un elemento identitario que, dotado de capital social, potencia el valor de la comunidad en su conjunto.
NOTA: artículo ofrecido por ESACH Madrid.
Foto: Jorge Láscar.
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Alumno del Máster de Patrimonio Cultural en el siglo XXI: gestión e investigación (UCM – UPM). Graduado en Historia del Arte. Representante de Estudiantes en Junta de Facultad de Geografía e Historia (UCM). Mis líneas de investigación son la política y la economía en Patrimonio cultural; estoy especializado en arquitectura y patrimonio inmueble.







