El urogallo es la gallinácea más corpulenta de Europa. Extendida por buena parte del viejo continente, (hay especies siberianas), está aún presente en la cordillera cantábrica, en forma de subespecie homónima. Leemos que vino a estas tierras durante la última glaciación, y suponemos que debió gustarle. En los Pirineos también subsiste otra subespecie, algo más grande y de pico más robusto. La que aquí nos ocupa, el tetrao urogallus cantabricus, es también de color más claro y con manchas blanquecinas por abajo. A nosotros nos resulta un ave bellísima, con ese tizne rojizo sobre los ojos y un perfil de aguamanil persa, de bestiario medieval, de capitel de Silos. Es, en cualquier caso, un animal rarísimo de ver, dado que existen 500 ejemplares (y disminuyendo) entre la sierra de Ancares (Lugo) y la cordillera cantábrica. De hecho, se trata de una especie en peligro extremo de extinción, situación que no parece tener remedio. Diez años calculan que le quedan desde su vieja llegada en el Cuaternario. Todo resulta estar en su contra y no solo los humanos (homo urogallo lupus), sino los ciervos y jabalíes que proliferan por esas tierras, los cercados para el ganado, el vulgar turista y hasta el cambio climático. Con tanta hostilidad el urogallo se vuelve loco o dócil, violento o manso respectivamente, etología sin pies ni cabeza que pronostica, tal y como sucedió en los Alpes, su pronta extinción. Encontrarse uno por ahí debe ser como volver a la noche de los tiempos. 

El Urogallo cantábrico está en la Lista Roja desde el 6 de agosto de 2009. ¿Engrosará alguna vez la Lista Verde?

Fotografía central: Jose María Fernández Díaz-Formentí