Dos cerros, dos, flanquean Palencia por el noreste. La Pallantia celtíbera es hoy una de las ciudades de provincia (dicho con el máximo respeto) más desconocidas de la piel de toro. Y no será por falta de historia, pues una de las primeras catedrales góticas del país, y la más vetusta universidad de España son de la casa. Sin equipo en Primera División ni referencias poéticas universales de Machado constituye la hermana pequeña de Castilla la Vieja, que es como debiera llamarse, en confesión de Miguel Delibes, dicha comunidad autónoma. El cerro que nos ocupa se llama de San Juanillo y alberga en sus áridas paredes de caliza un eremitorio, anterior al siglo XV por lo menos. Contiene humildes pinturas decorativas en varias estancias excavadas, y posiblemente símbolos cristianos esculpidos en la piedra. Lo de anterior es la forma elegante de decir ”no tenemos ni idea de cuándo se construyó esto”, sobre todo si damos fe a la cantidad de teorías fabulosas que envuelven estos cerros. La más impresionante habla de dos enormes túmulos, levantados por el hombre hace miles de años. Sin ser geólogo aficionado, cierto es que esos dos suaves oteros gemelos de roca blancuzca llaman algo la atención en la ancha llanura palentina. Si leemos que ambos están alineados con la salida y puesta del sol en el solsticio, empezamos a temblar de emoción y a imaginar teorías algo locas. Que uno esté dedicado a San Juan, figura cristiana de efeméride tan señalada, añade más emoción al relato. Bien es sabido y, esto es historia probada, que el santo copatrón de Palencia usurpó el 24 de junio a los ritos paganos que celebraban el solsticio desde la Edad de los Metales, si no antes. La historia explica también que esta fue zona de persecuciones priscilianas, ¡apasionante! Es el número uno de la herejía española, Prisciliano, el más importante heresiarca de origen hispano de todos los tiempos. Predicaba un cristianismo de base, ascético, exaltador de la pobreza, de la igualdad entre hombres y mujeres, y de la libertad para interpretar las Sagradas Escrituras. Sus acólitos gustaban de rezar desnudos en la soledad del bosque. Todo esto, ¡en el siglo IV! Para muchos mártir en vez de hereje, Prisciliano murió, como es natural, decapitado. Queda de aquellas épocas turbulentas anteriores a las invasiones germánicas poca o nada. En el cerro de San Juanillo, la misteriosa memoria del tiempo de la herejía nos recuerda la levedad de nuestra vacua vida contemporánea.

La ermita de San Juan de Otero está en la Lista Roja desde el 18 de septiembre de 2017. ¿Cuándo engrosará la Lista Verde?

Imagen de la izquierda: A M. C (google maps)