En España hay algunas ciudades que han recibido en algún momento de su historia el adjetivo o la consideración de “Imperial” junto a su nombre propio. Toledo lo fue por decisión de Carlos I de España en su condición añadida de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, así como por constituirse esta ciudad en la sede política de su    poderío mundial. Con ello, al mismo tiempo, se reconocía su condición de antigua capital    del Reino Visigodo de Toledo. También otras ciudades españolas se han podido considerar imperiales al constituirse en centros políticos del máximo nivel en los largos siglos de existencia del Imperio Español. Es el caso de Valladolid y, principalmente, de Madrid.

Pues bien, nadie puede dudar que la ciudad de Cáceres tiene razones para considerarse también imperial, no tanto por constituirse en sede del poder de un imperio, sino por ser su consecuencia directa. En efecto, en Cáceres se recogen dos impulsos imperiales: El primero, que viene del cercano norte y recoge la corriente imperial del Reino de Asturias con Alfonso III el Magno, el cual reinó entre el año 866 y el 910. Este monarca inició la idea imperial denominándose Adefonsus totius Hispaniae Imperator en el siglo IX. Este sentimiento, basado en la pérdida del antiguo reino visigodo en el 711, lo mantuvieron sus sucesores, una vez constituido el Reino de León y en donde su rey Alfonso IX conquistó Cáceres en 1229 definitivamente para los cristianos, de forma que esta ciudad pasó a formar parte del Reino de León y, posteriormente, de la Corona de Castilla y León. Los diferentes Alfonsos: VI, VII, siguen con esta idea imperial hasta llegar al gran Alfonso X, el Sabio, rey de Castilla y León, que no sólo persiguió alcanzar la recuperación de un imperio hispánico unido, sino que pretendió también, aunque sin éxito, el trono del Sacro Imperio Romano Germánico como hijo de Beatriz de Suabia. Estas circunstancias se manifiestan claramente atendiendo a la bandera y al escudo actuales de Cáceres, pues ambos se basan en el pendón de san Jorge en cuyo lado izquierdo se representó un castillo mientras que en el lado derecho se recogió la figura de un león rampante. Este pendón data del reinado del Rey Fernando III, constituyéndose hoy en la bandera local más antigua de España. Asimismo, el segundo impulso imperial recibido por Cáceres se propició desde un oeste lejano y ultramarino y cuya realidad territorial y política no era otra que la del gran Imperio Español de América, que fue conquistado y después civilizado -a la altura de la época del Renacimiento europeo- por muchos héroes de origen extremeño, como de todos es conocido. Este impulso político, personal y financiero permitió el desarrollo de la gran Cáceres -el término municipal más grande de España con 1750 km2- cuya belleza arquitectónica e importancia cultural es reconocida mundialmente a través de su identificación y registro como Patrimonio de la Humanidad.

Igualmente, nadie puede dudar de que hay otra razón que explica el carácter imperial de la ciudad de Cáceres, y esa razón no es otra que el carácter y el temple de sus habitantes, que durante siglos han sabido vivir como caballeros hijos de caballeros. Y esa condición de grandeza espiritual y material se ha trasmitido a los edificios, las calles, las plazas, los palacios, los conventos, las iglesias y los diferentes ambientes sociales que conforman hoy esta maravillosa ciudad extremeña que es antigua, monumental, sosegada y singularmente bella.

Y si hemos hablado de caballeros en un sentido genérico, será imprescindible hablar específicamente de las damas benefactoras cacereñas. Me referiré a dos muy conocidas: La primera es Doña Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno y Seebacher, VIII Condesa de Torre Arias, heredera del Palacio de los Golfines de Abajo, magnífico edificio del siglo XV de gran belleza con portada plateresca rematándose la fachada con una crestería de grifos y florones de traza delicadísima. Hoy el palacio se encuentra en parte musealizado, mostrándose una espléndida Sala de Armas y Linajes casi única en España, que fue recuperada sorpresivamente. El inmueble recrea así una vivienda propia de la nobleza cacereña de esos siglos en donde se conjuga el gótico con el renacimiento inicialmente para llegar hasta al siglo XX. En definitiva, la generosidad de Doña Tatiana a través de su Fundación, creada en 2012, ha puesto al servicio de la sociedad el patrimonio heredado por ella, ofreciendo su conocimiento al público interesado. Y no sólo en Cáceres sino en las diferentes sedes de la Fundación en Madrid, Córdoba y Ávila, donde se abren unos espacios para los amantes de la investigación histórica y artística.

La segunda dama que queríamos destacar es Doña Mercedes Calles Martín-Pedrilla, gran benefactora a través de la Fundación creada en el año 2002, que lleva su nombre y el del que fue su marido, don Carlos Ballestero Sierra. En un edificio del siglo XV -la Casa-Palacio de los Becerra que muestra al visitante un exquisito zaguán bellamente dispuesto que da a un patio recoleto- tiene su asiento la generosidad de la que tanto amó a la ciudad de Cáceres. En esta ubicación tienen su espacio los intereses generales de la ciudad, desde las exposiciones artísticas hasta los eventos y reuniones que propicien el desarrollo social y cultural de esta gran ciudad extremeña, verdadera gloria de España.

Destacaré finalmente la serena actitud y la mirada inteligente de ambas señoras, lo que pude apreciar en los retratos que silenciosamente nos miraban al entrar en sus respectivas casas.

Y es que en Cáceres hay mucho de las virtudes que acabo de señalar. Una noche cenando en el “Atrio”, restaurante con dos estrellas Michelin, lo comprobé. Es cierto que España es tierra de grandes cocineros o chefs, como se dice ahora y que, además, hay muchos restaurantes con estrellas Michelin, pero tengo que decir que en ninguno de ellos se celebran los almuerzos y las comidas con el gran ceremonial que se usa en el “Atrio”. Lo que no deja de ser natural porque como dice Don Juan Tenorio: Vive con grandeza quien hecho a grandeza está. Y es que el “Atrio” se encuentra precisamente en Cáceres, nombre de origen latino que procede de la colonia Norba Caesarina, que fue fundada por el general romano Cayo Norbano Flaco en memoria del gran Julio César, un nombre -el César- con que el que se identificó para siempre a todos los emperadores de Roma a partir de él.

En las proximidades de las tres instituciones mencionadas, que ofrecen tan bellos y exquisitos secretos, se encuentra el cogollo monumental de la Cáceres gótica, renacentista y barroca, hija, en nuestra opinión, de los dos impulsos de naturaleza imperial que la configuraron. Así, las plazas de Santa María, de San Jorge y de San Mateo, vertebran el casco antiguo, asentándose en sus proximidades los palacios, las casonas y las iglesias, que saludan hieráticas e indiferentes el paso del tiempo. Entre el infinito rosario de perlas arquitectónicas que alhajan la ciudad de Cáceres distinguiremos en primer lugar, dado que ofrece la atmósfera adecuada para nuestro paseo, un recoleto pasaje que corre entre el Palacio Episcopal y el Palacio Mayoralgo para desembocar en el Arco de la Estrella ubicado en la antigua Muralla al lado de las torres de Bujaco y de los Púlpitos. Después de recorrerlo ya estaremos en condiciones para descubrir la belleza pétrea y la configuración acumulada de edificios como la Concatedral de Santa María, el Palacio de Carvajal, el Palacio de los Golfines de Abajo, el Palacio de los Duques de Valencia, la Iglesia de San Francisco Javier, el Palacio de los Toledo-Moctezuma, la Casa de los Becerra, el Convento de la Compañía de Jesús, la Casa de Aldana, la Casa de los Sande o del Águila, la Casa de los Saavedra y la Torre de los Sande, el Palacio de la Generala, la Casa de los Cáceres-Ovando y la Torre de las Cigüeñas, y así un largo etcétera de estructuras arquitectónicas diversas. Pero si de torres hemos hablado habrá que mencionar también el Palacio de los Golfines de Arriba que, con su espléndida torre cuadrada de grandes dimensiones, señorea sobre la bella “skyline” cacereña en las noches de luna llena que se disfrutan desde el mirador de Galarza.

Pues bien, junto a la casa de los Sande -magnífica estirpe extremeña de militares, juristas y servidores públicos, como Don Juan, don Álvaro, general de los ejércitos en Italia y marqués de la Piovera o don Francisco, el gobernador de Filipinas que estudió la conquista de China-, nuestras meditaciones se aproximan a su final al dirigirnos a la singular Casa-Fortificada de la familia de los Solís o del Sol, que no la habíamos olvidado en modo alguno en nuestro recorrido, sino que procedía establecer un punto y aparte al acercarnos a ella. Esta casa-fortaleza de estilo gótico se levantó en el siglo XV. En la parte más elevada del edificio se advierte en su parte central un matacán semicircular con aspilleras para facilitar el uso de las armas y dar protección a los defensores. Debajo de ese “balconcillo”, una ventana con cristales emplomados se apoya sobre un alfiz que enmarca el escudo familiar que reposa sobre las dovelas que conforman el arco de medio punto de la puerta. Junto al alero dos pequeñas ventanas vigilan el horizonte. Podría decirse que toda la fachada de la pequeña torre descrita recuerda perfectamente a una cara de piedra, con sus ojos, su nariz y su boca… Encima de la gran puerta se advierte el escudo de familia de los que levantaron la casa, que incorpora un yelmo que se muestra de frente y se apoya sobre un escudo que representa un rostro humano que no es tal, pues es un sol que envía sus rayos en todas direcciones y en donde se aprecian 16 rayos solares, de los cuales 8 están mordidos por sendas serpientes o dragones. La casa extiende largamente su fachada frontal hacia la derecha del visitante presentando en el lienzo sus grandes ventanas. A la izquierda, se exhibe una fachada lateral que corre perpendicular al frontis de la casa mostrando el profundo fondo que atesora la casa. En esta fachada que corre en paralelo con una calle que serpentea a medida que desciende, se observa con sorpresa nuevamente el escudo familiar que ya conocemos, pero con una notable diferencia: la cara de ese sol ya no es tan serena, sino que el rostro esculpido en piedra recoge un gesto de preocupación o de enfado. Asimismo, carece del yelmo que adorna el primer escudo. ¿Por qué? ¿Qué significan esos cambios? Las respuestas a estas preguntas pueden intuirse para un caminante avezado, pero es la consulta y el análisis quien puede dar una respuesta. Tras realizar ambos, podemos indicar que la Casa-Fortificada de los Solís es una construcción que porta un mensaje alquímico.

En efecto, los símbolos alquímicos son jeroglíficos que buscan la concisión y el secreto. Nosotros hemos encontrado la respuesta en el Splendor Solis, un texto que data al parecer del siglo XV. Es este un compendio que se conforma por la acumulación de conocimientos más antiguos. Todos los tratados alquímicos se presentan de esta manera: asimilando el pasado y haciéndolo propio. Se puede decir que el Splendor Solis es de autor desconocido. Se pensó en su momento que el autor podía ser Salomón Trimosin, que fue un maestro de Paracelso, el famoso médico y astrólogo. Hoy se duda por los expertos que Trimosin haya tenido una existencia real. Lo único que se puede decir es que el Splendor Solis fue un libro de suma atracción para todos los alquimistas y que trata sobre la transmutación alquímica, es decir, el proceso que permite obtener de una materia inferior otra más elevada.

La alquimia tiene el secreto de la dualidad: lo que será ya está en lo que es. Y así ocurre con los dos escudos de la Casa del Sol, de Cáceres. Nos indican un proceso que pasa desde la inquietud manifiesta del Sol de la fachada lateral al sereno y resplandeciente Sol de la fachada principal. El paralelismo de los escudos de la casa de los Solís con las ilustraciones del mencionado libro “Splendor Solis” es absoluto. En éste aparece un Sol negro formado por un rostro humano desvaído que se está sumergiendo en un lago al atardecer sin que los rayos de ese sol desaparezcan, describiendo así el proceso de la putrefactio. En otra ilustración del mismo libro aparece un Sol rojo a la altura del horizonte despidiendo rayos intensamente dorados y presentando su rostro humano una mirada sosegada dirigida en una determinada dirección. El color rojo representa el opus magnum, que confirma que se ha conseguido el objetivo perseguido, también la posesión del estado de perfección y el buscado Esplendor del Sol que se extiende benéficamente por todo el mundo. Se ha producido, por fin, el sueño transformador de la piedra filosofal.

Hoy, casi 600 años después de su construcción, la Casa del Sol recordará, tal vez, a los que levantaron sus muros mientras está dedicada a guardar pacientemente un archivo histórico sobre la América española y Filipinas bajo el cuidado de los Padres de la Preciosa Sangre.

 

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