Cuando hablamos de rehabilitación, solemos pensar en fachadas, estructuras, materiales. Pero ¿qué ocurre con los jardines que rodean esas arquitecturas? ¿Qué ocurre con el alma vegetal de un lugar que ha sido habitado durante siglos? Como paisajista, he tenido la fortuna de dialogar con muchos jardines históricos, y digo “dialogar” porque restaurar un jardín no es imponer, es escuchar. Es conversar con el tiempo.

En estos años me han hecho muchas preguntas sobre este proceso. Algunas más técnicas, otras profundamente filosóficas. Pero todas tienen algo en común: buscan entender cómo se puede intervenir sobre algo tan vivo y a la vez tan frágil, sin traicionar su esencia.

Quizás, la cuestión clave es si un jardín histórico restaurado puede ser fiel al espíritu original si todo lo demás ha cambiado. La respuesta para mi es un rotundo: ¡Sí, puede, incluso, debe! Pero hay que entender que el jardín no pertenece solo a una época, sino a un tiempo, y el tiempo es eternamente cambiante. El espíritu que lo originó puede mantenerse, aunque el uso sociológico, el clima o el contexto cultural hayan cambiado.

Pienso, por ejemplo, en los jardines de Aranjuez, del Escorial, de La Granja… que fueron pensados para príncipes y reyes, pero hoy los pasean escolares, turistas, parejas. El espacio ha cambiado, pero si se ha hecho bien, el alma permanece. Como decía Norman Foster: “todo está en constante movimiento”, y un jardín no puede ser menos.

No hay línea clara entre dónde termina la restauración y empieza la reinterpretación, porque toda restauración implica una dosis de interpretación, y toda interpretación verdadera nace del respeto. En ese sentido, yo hablo de una autoría compartida: el creador original, el restaurador, y quien vuelve a vivir el jardín forman parte de la misma sinfonía. Aunque sea una obra viva, la jardinería es un arte, y se puede decir que sentimos una conexión con el artista que lo proyectó, y con las personas para las que fue diseñado, y por tanto, quienes primero le dieron plenitud a ese paisaje.

Como en cualquier restauración artística, si el gesto nace del amor, entonces no importa si es rehabilitación o reinterpretación: sigue siendo una forma de honrar lo esencial. Un jardín no nace del cálculo, sino del corazón. Cuando alguien encarga un jardín, lo hace motivado por una emoción: amor, memoria, deseo de permanencia. Esa savia invisible recorre el diseño. Y aunque pase el tiempo, la emoción perdura. Restaurar un jardín sin atender a esa emoción original es como restaurar un cuadro y borrar la firma del pintor.

He sentido en ocasiones que un jardín no “quiere” ser restaurado. Y eso también debe respetarse. Hay jardines que, como ciertos monumentos, piden ser sepultados, recordados desde la ruina, desde la pátina del tiempo. No todo lo viejo pide brillo: hay lugares que enseñan más desde la decadencia que desde la perfección.

Los oficios, los errores y el tiempo como materia

Una restauración verdadera exige recuperar los oficios perdidos. Los jardineros de antaño no eran solo operarios: eran monjes verdes. Repetían las mismas tareas cada día, y en esa repetición había meditación, entrega, presencia. Ellos eran quienes realmente vivían el jardín.

Tampoco deberíamos borrar los errores del pasado. Un jardín imperfecto es un jardín humano. A través de sus fallos se aprende, se comprende. Forman parte del ADN del lugar. Yo siempre digo que los errores son piedras angulares del crecimiento.

Y si hablamos de materiales, hay uno que no se compra ni se sustituye: el tiempo. El tiempo es el verdadero autor del jardín. Es quien lo moldea, lo desgasta, lo hace madurar. Es quien decide si debe restaurarse o dejarse en paz.

Arquitectura y paisaje: una conversación permanente

Cuando la arquitectura de un lugar cambia, el jardín debe responder. No de forma automática, sino desde la coherencia. El edificio y el jardín son dos mitades de una misma respiración. Uno es estructura, el otro es vida. Pero ambos son recorridos por los mismos pasos, por los mismos silencios.

Restaurar un jardín que acompaña a un edificio rehabilitado es como componer una melodía a dos voces. Cada intervención arquitectónica debería dejar una huella paisajística que la recoja, la eleve, la haga dialogar con el entorno.

Una de las cosas más bellas en un jardín restaurado es el vacío. No el hueco sin sentido, sino el hueco que habla. Como ocurre en el monumento a las Torres Gemelas en Nueva York, donde la ausencia se convierte en presencia. En paisajismo, eso se puede dar en un tocón, en una ladera erosionada, en un árbol que ya no está.

En cuanto al clima y la sostenibilidad en el jardín histórico, para mí no hay conflicto. La sostenibilidad no es un valor moderno: es respeto. Un paisaje restaurado debe seguir la lógica de las condiciones climáticas del momento, pero sin traicionar su propósito original. El clima, no solo visto como condiciones meteorológicas de una zona, visto en general, sino el propio de ese paisaje, que puede haberse visto afectado por sobras de construcciones modernas, por contaminación ambiental, acústica o lumínica, por necesidades de los nuevos usos, etc. Si se hace desde la escucha, no desde el ego, se pueden generar nuevas capas simbólicas, como un palimpsesto lleno de memorias superpuestas.

El jardín es una obra inacabada por definición. Como la naturaleza. Nosotros pasamos, pero el jardín sigue. No tiene principio ni final: solo estaciones. Y sí, un jardín restaurado siempre te devuelve algo. A veces, valores universales como la paciencia o la humildad. Otras veces, una emoción que no sabías que estaba en ti. Es un regalo silencioso.

Jardines españoles que piden voz

No quiero mencionar a ninguno, pero seguro que, si miramos alrededor en nuestras ciudades y pueblos, hay parques abandonados, claustros olvidados, pazos gallegos, patios andaluces, cementerios desvencijados, jardines convertidos en solares a la espera de resoluciones urbanísticas… Todos merecen una gota de amor vegetal. Una mirada que los vea, los escuche y les devuelva dignidad.

Porque restaurar un jardín no es solo embellecer un espacio, o darle un nuevo uso, es recuperar una historia, una intención, un eco. Es darle una nueva vida ese espacio, una nueva oportunidad de deleitar y dar placer a las personas que pueden disfrutarlo, no es solo por economía, o por nostalgia, sino porque al rehabilitar un jardín, como obra viva y eclosión de la naturaleza, quizás nos restauremos también un poco a nosotros mismos.