Tenemos algunos amigos en contra de la llamada memoria democrática, disgustados con la exhumación de Franco de su panteón faraónico y con un largo etcétera de cambios en el callejero y otras cosas. Sin estar demasiado de acuerdo con ellos, leemos que la futurible Ley de Memoria Democrática crearía un inventario de edificios de infausto recuerdo y de obligada conservación, con el fin de evitar que nuestra historia se repita o se olvide. Una cosa conduce a la otra. Rememorar los horrores perpetrados por ambos bandos, he aquí el quid, sería inmejorable medicina para nuestra auténtica salud democrática. Aún nos choca, al hilo de todo esto, que ninguna placa recuerde las cámaras de detención, y seguramente tortura, de la checa del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Ni tampoco la sombría Dirección General de Seguridad, sede de la policía política franquista, sita en el edificio de las campanadas silvestres de la Puerta del Sol. Escribe de las primeras Agustín de Foxá en su Pimpinela Escarlata fascista pero maravillosamente escrita, Madrid, de corte a checa. Cuesta aún un sambenito reconocer que sí, moral, humanidad y genio, no están necesariamente vinculados (un buen ejemplo, Céline). Otra placa pide a gritos el penal de Valdenoceda, norte de Burgos. Una placa o algo más, como un museo de la Guerra Civil, pues este espantoso lugar, vieja fábrica de harinas está en lo alto del podio de la represión y la tortura franquistas. Algunos lo llaman el gulag más extremo de la posguerra y, aunque nos disguta el símil (los Gulags solo son comparables a los Lager) elementos en común haylos, como el frío tremendo de Burgos, que sin ser el de Siberia, no es poco para dormir al raso como hacían muchos reos. Recordemos que, para colmo, los inviernos del 40 al 45 fueron los más fríos del siglo. A la desnutrición, trabajos forzados y demás padecimientos propios del régimen penal de los vencedores, Valdenoceda incluía celdas de castigo de reminiscencias góticas o niponas. El edificio, construido literalmente sobre el Ebro, se anegaba en las crecidas del río, inundaba estas celdas y dejaba a los penados desobedientes o rebeldes con el agua, literalmente, al cuello. Solo un odio disparatado, alimentado durante años, explica la vileza de los primeros administradores franquistas. Valdenoceda se cae a pedazos ante la desidia general y el esfuerzo de la Asociación de Familiares que, a día de hoy, ni siquiera obtiene permiso del actual propietario para visitarlo en ocasiones señaladas. Esto nos resulta, todo sea dicho, contemporáneamente inhumano. Pasa el tiempo, se alejan el franquismo y la guerra, pero nunca lo suficiente como para recuperar los paisajes, todos los paisajes, del horror fratricida de padres y abuelos.

El penal de Valdenoceda está en la Lista Roja desde el 29 de julio de 2021. ¿Cuándo engrosará la Lista Verde?