Por Carlos Baltés, socio 1424

Nos ocuparemos hoy de su esencia y significado recordando que esta edificación monacal se encuentra situada en San Lorenzo de El Escorial, una ubicación geográfica en    el centro de España y muy cercana a Madrid, la capital española. Este fue el lugar escogido por el propio Felipe II. Allí se inició su construcción en 1563 para terminarla hacia 1584 en su elaboración básica, aunque los remates y complementos de la misma superaron claramente el año de 1590. Por supuesto su gran impulsor fue el mencionado Monarca, ayudado por los arquitectos Juan Bautista de Toledo en la primera fase -a él se deben los primeros planos de la gran obra- y Juan de Herrera, que sería el gran constructor que terminaría la magna obra escurialense.

Sin embargo, la base fundacional responde a otros orígenes, pues Felipe II tenía que seguir y cumplir la solicitud de su padre, el Emperador Carlos V, que le insistió fervientemente en que levantara un Panteón para él y su esposa, la Emperatriz Doña Isabel. También la alta política y la historia militar dieron sus razones para construir el Monasterio de El Escorial, pues las tropas españolas habían logrado la gran victoria de San Quintín sobre Francia que tuvo lugar el 10 de agosto de 1557, una fecha en la que el día y el mes coincidían con la del martirio de San Lorenzo ocurrido casi 1300 años antes. Fue San Lorenzo un santo nacido en España, en Huesca exactamente. San Lorenzo fue uno de los 7 diáconos regidores de Roma durante el reinado del Papa Sixto II. Ambos fueron perseguidos y torturados en tiempos del Emperador Valeriano. San Lorenzo fue martirizado en una parrilla el 10 de agosto del año 258, unos días después de ser sacrificado el propio Papa al que servía. Estas coincidencias de fechas hicieron, muchos años más tarde, decidir a Felipe II la oportunidad de situar al Monasterio de El Escorial bajo la advocación de San Lorenzo. También la elección de la zona en donde se ubicaría ese monasterio fue cuidadosamente señalada. La decisión se tomó tras una búsqueda minuciosa a partir del destino fijado que debería cumplir la gran obra. Así, se buscó una zona saludable, con agua abundante y poseedora de un gran llano cercano a las montañas y a bosques de abundante arbolado. Este lugar debía estar a su vez bien comunicado a través de caminos y cañadas. El lugar contaba además con la proximidad de una aldea: El Escorial, que acabaría dándole posteriormente su nombre. La existencia cercana de canteras de materiales de construcción, como el granito, determinó la elección final del lugar. Por otra parte, la zona señalada se encontraba entre Valsaín y Segovia, y también cerca de Madrid y el Pardo, que eran residencias reales efectivas. Así se pudieron configurar operativamente el suministro de los medios materiales y los centros de decisión. El equilibrio arquitectónico esencial del Monasterio de El Escorial es hijo directo de los biempensantes decisores de la inmensa fábrica escurialense que habría de levantarse: desde el Rey Felipe II hasta los arquitectos, aposentadores y funcionarios intervinientes y, por supuesto, sin olvidar a la Orden de San Jerónimo.

Y es que, si la alta política y las obligaciones familiares del Rey determinaron las decisiones constructivas de la monarquía española durante la segunda mitad del siglo XVI, también influyó la propia tradición hispánica de situar en proximidad los palacios reales y las iglesias y/o conventos. Todo ello explicaría la ubicación física del propio monasterio escurialense de manera que se cumpliera un axioma de naturaleza histórica: Junto al Palacio del Rey, la Iglesia, tal y como se venía aplicando habitualmente en la tradición de la realeza española. Los ejemplos son abundantísimos y arrancan desde los tiempos medievales en dónde los reyes españoles vivieron en ocasiones en los propios monasterios y conventos, de manera que fueron considerados algunos de éstos como verdaderas fundaciones reales. De manera que “El Escorial” no hizo otra cosa que mantener esta tradición, siendo su antecedente inmediato las propias estancias palaciegas que Carlos V mantuvo en el Monasterio de Yuste en dónde terminó sus días como es sabido. También otros muchos monasterios han quedado vinculados a la realeza como es el caso del Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, que es un buen ejemplo de esta tradición, pues en él se encontraban los Reyes Católicos cuando recibieron a Cristóbal Colón en 1486, puesto que ambos monarcas habían venido a este monasterio en busca de descanso y sosiego. Igualmente, otros monasterios recibieron la atención y el apoyo de los monarcas españoles como es el caso del Real Monasterio de Santa María del Paular, el Real Monasterio de Santa María de Poblet, el Monasterio de San Salvador de Leyre, entre otros muchos. Es destacable también el Monasterio de San Bartolomé de Lupiana que fue la cuna de la Orden Jerónima: aquella que no quiso ser otra cosa sino española. Y será esta Orden precisamente la que fue elegida por Felipe II para regentar y habitar el monasterio que iba a levantarse en el Escorial. Un miembro de esta Orden, Fray José de Sigüenza, recoge en su libro “La Fundación del Monasterio de El Escorial” de forma pormenorizada diversos aspectos de la creación del monasterio: la construcción y avatares de las obras del monasterio de San Lorenzo, señalando en su texto los objetivos del Rey en su construcción, así como la oferta real realizada a la Orden Jerónima con este fin, y la aceptación formal por parte de los monjes del real encargo. Igualmente, señala las fases constructivas y ornamentales expuestas con gran detalle, así como la Consagración de la Iglesia posteriormente. Asimismo, Fray José hace hincapié en la llegada de las reliquias destinadas al monasterio. Finalmente recoge también los que serían los últimos días del Rey Don Felipe, ya muy lastimado por la enfermedad, mencionando el momento de su muerte y sus últimas voluntades, recogiendo después las exequias dedicadas al Rey, así como el propio entierro del monarca.

Es el Monasterio de El Escorial una obra arquitectónica y moral formidable debida a hombres verdaderamente grandes. Supone el empeño sostenido de un gran Rey que pensaba verdaderamente que el mundo nunca es suficiente, frase que puede considerarse su lema personal. Y, efectivamente, sus empresas y empeños así lo demostraron. A su vez y, por otra parte, es El Escorial la obra magna de dos hombres poseedores de una gran sensibilidad estética y una enorme formación intelectual como fue el caso los dos arquitectos principales que diseñaron y construyeron la gran fábrica del Monasterio de   San Lorenzo. Ellos supieron perfeccionar una tradición española que, proviniendo del pasado medieval, la actualizaron construyendo el propio monasterio y el palacio para   residencia del Rey en un solo armazón. Desde los cimientos hasta las cúpulas y agujas más altas para conformar una única fábrica que recordará en su morfología a la parrilla en dónde fue martirizado San Lorenzo.

El Escorial es también la solución final de una Realeza y su Corte, que tenían que ser necesariamente itinerantes porque se encontraban en marcha permanente con el objetivo de dirigir e impulsar la recuperación de los territorios que en la Alta Edad Media se habían perdido como consecuencia de la invasión musulmana del año 711. Por ello los Reyes Católicos se enterraron en Granada como símbolo fehaciente de que esa marcha secular había concluido con la reconquista del Reino Granada el 2 de enero de 1492.

Felipe II y El Escorial.   

Felipe II muestra su auténtica personalidad en el proyecto y construcción de El Escorial. Y lo hace con todo su ser, es decir, siguiendo las tres formas básicas de representación del mundo tal y como la humanidad ha enfocado la existencia. A saber: la arcaica, la religiosa y la racionalista. En la primera -la arcaica- se muestra su condición histórica. El Hombre es un ser histórico que observa y decide desde su procedencia individual y colectiva. Así, el Rey Felipe sabe quién es y cuál es su origen histórico que   le obliga a ser, actuar y a decidir en cada momento. Desde la figura y antecedentes de sus padres, actúa y decide. Se sabe el Señor del Mundo por su poder y se mueve y piensa desde esa condición. Y recuerda él mismo hablando de Don Fernando, el Rey Católico, su bisabuelo, y dice: A él se lo debemos todo. Esta frase le define absolutamente. Es consciente de su origen y ante esta circunstancia central enfoca su quehacer y el sentido de su vida.

La segunda faceta de su condición le lleva a considerar el mundo religioso, que presenta en Felipe II dos vertientes. Se encuentra a mediados del siglo XVI, en pleno Renacimiento y en los prolegómenos de las guerras de religión que asolaron a la Europa de su tiempo. El protestantismo no es una religión fundamentada en nuestra opinión, sino una excusa para liberar ataduras molestas en un momento en el que el Poder Católico dominaba la escena internacional: España y su Imperio se imponían con las armas y sus medios económicos mientras que Roma dictaba la doctrina. Este estado de cosas exigía una respuesta de los protestantes en sus diversas variantes buscando un contrapeso que no se solucionó hasta las terribles guerras de religión que asolaron los campos de Europa en el siglo siguiente. Las dificultades religiosas y políticas eran un componente que exigían la presencia y actuación de un enfoque racionalista que tanto le interesaba al rey Felipe II. Con este componente imprescindible pensaba que la situación se aclararía. El espíritu del Renacimiento fue una esperanza para él, que tanto respeto sentía por la inteligencia, la racionalidad y el saber global. Pues bien, estas tres facetas de su condición personal las volcó en la construcción de El Escorial. El Escorial fue hijo de esta condición personal, pues quiso que este gran proyecto fuese una verdadera “Fuente de todas la Ciencias”. La Biblioteca de El Escorial debería guardar un compendio del saber universal. Nombres como Ambrosio de Morales, Jerónimo de Zurita, Arias Montano…, debían hacer acopio de los saberes y traer nuevos conocimientos a través de embajadores como Diego Guzmán de Silva y Francisco de Silva, que invirtieron todo el dinero necesario para acceder y tomar posesión de los diferentes conocimientos. Matemáticos como Pedro de Esquivel, o los botánicos que llevaban a cabo experimentos químicos y farmacéuticos. Asimismo, se realizaron nuevos procedimientos para las explotaciones agrarias y ganaderas. Se trabajó igualmente en mejoras de naturaleza económica. El Rey Don Felipe buscó claramente la perfección con el propósito de alcanzar el nivel de la excelencia, como diríamos hoy. A su vez, trató de establecer la superación de la arbitrariedad en la España de su tiempo, de superar el desorden y garantizar la estabilidad. El Monasterio de El Escorial fue también una prueba del orden y la sólida permanencia que Felipe II quiso para todos sus reinos. De alguna manera la erección del Monasterio de San Lorenzo fue un ensayo y prolegómeno para aplicarlo a toda España y a sus diversos reinos y posesiones a lo largo y ancho del Orbe.

El Escorial es una construcción de factura enormemente moderna a pesar de su antigüedad. Muestra sencillez en su concepción, que es escueta sin que se eche de menos ningún detalle. El Escorial es una creación con un equilibrio absoluto imantado de una belleza atemporal de la que una sensibilidad refinada no puede apartar la mirada ni olvidarse. Y a pesar de sus influencias y precedentes flamencos, el monasterio escurialense es hoy reconocible como una síntesis de lo español por antonomasia, con sus claras piedras de granito, con sus oscuros y esbeltos chapiteles y sus maravillosas cúpulas con agujas que miran hacia el cielo y a la eternidad. Y es que en su solidez pétrea Felipe II buscó los signos de la intangibilidad, es decir aquella propiedad que tiene las características de lo inmaterial, que no puede tocarse ni percibirse por los sentidos. Y esta realidad etérea fue para él un signo de lo permanente, de lo duradero, de lo que persiste en la convivencia de la forma con la idea. Con esta idea fundamental quiso el monarca impregnar la realidad social y política de su Imperio alcanzando para éste la mayor estabilidad posible. Buscó, pues, en el valor de lo intangible una garantía de la conservación de las cosas y del vivir que siempre persiguió.

Los Arquitectos de El Escorial

En el mes de abril de 1563 se puso la primera piedra fundacional del Monasterio de El Escorial. En ella se pide, en latín, que Dios, el mejor y más grande, proteja la Obra. A un lado de la misma aparece el nombre del fundador, el Rey Felipe II, indicando que él lo erigió desde los cimientos. Al otro lado de la piedra, se indica el nombre del Arquitecto Mayor Juan Bautista. En este acto solemne -lo indica el Padre Sigüenza- junto al arquitecto Juan Bautista de Toledo se encontraban los aparejadores y oficiales, y también diferentes religiosos de la Orden Jerónima. Y arrodillados todos rezaron solicitando la gracia divina para aquella magna obra que comenzaba entonces. También el P. Sigüenza   define de esta forma a Juan Bautista: Hombre de muchas partes, escultor y que entendía bien el dibujo; sabía lengua latina y griega, tenía mucho conocimiento de Filosofía y Matemáticas, hallábanse, al fin en él muchas de las partes que Vitruvio, príncipe de los arquitectos, quiere que tengan los que han de ejercitar la Arquitectura y llamarse maestros de ella.

De Juan Bautista de Toledo no se sabe todo. Se conoce que previsiblemente nació en la ciudad de Toledo, o acaso en Madrid, pasó posteriormente a Italia donde trabajó al lado de Miguel Ángel en la construcción de San Pedro. De Roma se dirigió a Nápoles bajo la protección del virrey don Pedro de Toledo realizando obras de fortificación del Castel Nuovo. En el Archivo del Estado de Nápoles aparece Juan Bautista como ingeniero regio. Por otro lado, se sabe que se casó y tuvo dos hijas, pero en su testamento no se señalaron herederos… El caso es que este arquitecto tuvo que enfrentarse a una de las mayores arquitecturas de la Edad Moderna, una gigantesca empresa que implicaba la edificación de una Iglesia, un Panteón Real, un Convento para la principal Orden Religiosa de España, un Palacio Real, un Centro del Saber y una Biblioteca, un Archivo histórico y todos los remates que tan gran obra exigiera, además del movimiento de una múltiple y enorme cantidad de objetos, enseres, decorados y materiales de todo tipo en cantidades difíciles de imaginar, lo que exigiría, a su vez, la instalación y el ensamblaje de todo ello dentro de una estructura pétrea gigantesca y, sobre todo, bajo la tensión de la atenta mirada del Señor del Mundo, es decir, de Felipe II.

El caso es que Juan Bautista de Toledo desde 15 de julio de 1559, fecha en que recibió la orden de Felipe II de trasladarse a Madrid dejando Nápoles, quedó sometido a la disciplina real y por cédula de la misma fecha se le asignó en el interín un sueldo de doscientos veinte ducados. Este mandato real cambió su vida. Quiso establecerse en Madrid con su familia y en el viaje se produjo un naufragio del barco en el que se trasladaban él y su familia, ahogándose en el mismo su mujer y las dos hijas. No cabe mayor desgracia en medio de la gloria que se le brindaba. Este desgraciado accidente explica posiblemente que no dejara beneficiarios conocidos en su testamento.

Lo cierto es que empezó a trabajar en el proyecto general del Monasterio a partir de esas fechas y a hacerse cargo de la organización de los trabajos preliminares. La puesta en marcha de los proyectos de la edificación del futuro monasterio supuso para el arquitecto e ingeniero Juan Bautista la gloria indiscutible de haber diseñado la “traza general” o “traza universal” que implicaba una metodología nueva en la planificación del conjunto de las obras de la construcción. Es decir, una elaboración global de los planos con gran sistemática de modo que esas trazas serían la base de la ejecución del proyecto global sin apenas variaciones. También se le asigna generalmente la autoría directa de la fachada del Jardín de los Frailes, así como las Torres de la Botica y del Prior, la ejecución del claustro principal del convento o por otro nombre el Patio de los Evangelistas, patio de gran armonía y en donde reina la simetría renacentista. El patio mencionado quedaría cerrado al exterior por la presencia de la imponente nave que sería ocupada por la Biblioteca con su estructura de bóveda. De forma que la fachada principal se mostraría finalmente en línea recta y con fachada única a la lonja del poniente. Asimismo, ejecutó los claustros menores del monasterio, la Granjilla de la Fresneda -un espacio de descanso para los monjes y para el propio rey, aunque éste también disponía de su particular jardín tras los muros de la Basílica-. Igualmente, diseñó y llevó a cabo las obras de las vías que unían la villa de El Escorial con La Granjilla y con el propio monasterio, así como el camino real de Madrid. El caso es que el tiempo fue transcurriendo de modo que cuando llegó el momento de la edificación de la gran Basílica del Monasterio, Juan Bautista ya había fallecido. El fino arquitecto podía haber trabajado en los dos templos más importantes de la Cristiandad que fueron levantados en su época, San Pedro y propio Monasterio de El Escorial, pero para este segundo caso, Juan Bautista había entregado ya su alma a Dios a la edad de 52 años, cuando corría el año de 1567. Es decir, habiendo transcurrido escasamente cuatro años desde la colocación de la piedra fundacional escurialense en la que había quedado inscrito su nombre.

Y si en este momento inicial de las obras no se recogió el nombre de quien lo terminaría, el del arquitecto Juan de Herrera, fue porque todavía no estaba presente en ese momento. Sin embargo, la gloria personal de éste se iría afianzando a partir del año de 1567 cuando asumió la responsabilidad directa ante el Rey. Afortunadamente ambos arquitectos Juan Bautista y Herrera pudieron trabajar juntos el tiempo suficiente para que el gran proyecto escurialense del Rey no se perjudicara y llegara a su final con brillantez.

Veamos, pues, brevemente quien era el que cogió el testigo del proyecto real cuando el arquitecto inicial del todo el gran complejo escurialense había muerto. En efecto, Herrera había nacido sobre el año de 1530 en un pueblo de Santander, Roiz, correspondiente al municipio de Valdáliga. Pertenecía a una familia acomodada de hidalgos, de forma que sus inicios descansaron inicialmente en la milicia y en la aventura, viviendo en su juventud en Flandes, Italia y Alemania. Inicialmente había entrado al servicio del Emperador Don Carlos y en su momento lo acompañó a su retiro en Yuste. A la muerte del Emperador se integró en el servicio de su hijo, el Rey Felipe II. Más tarde su mente despejada y la facilidad para las matemáticas y el dibujo le permitieron incorporarse al amplio conjunto de ayudantes de Juan Bautista de Toledo. Éste fue su gran maestro en arquitectura, quien percibió pronto sus habilidades y su preocupación intelectual por la ciencia y el conocimiento. De modo que sus capacidades le permitieron sustituir de inmediato a Juan Bautista en la dirección de las obras tras el fallecimiento de éste, aunque oficialmente su puesto en el mando absoluto de las obras no se hizo sino a partir del año de 1572. Este “lag temporal en la decisión”, diríamos ahora, responde a la prudencia del Rey Felipe en la toma de resoluciones importantes. Su gestión de las obras del monasterio terminaría a mediados de la década de 1580, época en la que Herrera era ya el “arquitecto del rey”. En esos años Juan de Herrera terminó el Palacio de Carlos V en Granada, la Lonja de Sevilla, reformó el Palacio de la Ribera, en Lisboa, construyendo el famoso Torreón sobre el Tajo. También levantó el Palacio de Castel-Rodrigo y, asimismo, proyectó la Iglesia de San Vicente da Fora. Volviendo de nuevo a España y, en Madrid concretamente, levantó el imponente Puente de Segovia y la vía de acceso a la ciudad por ese lado. También empezó a preparar la futura aplaza Mayor de capitalina. Por último, habrá que recordar que Herrera comenzó a edificar la Catedral de Valladolid destinada a ser la más grande de Europa, pues así lo había pensado Don Felipe, pero por entonces comenzaba ya el ocaso de aquella generación formidable…

El gran Juan de Herrera, ya bien entrada la década del 1580, y tras sus encargos que le mantuvieron fuera de El Escorial, empezó a tener problemas de salud cuando las obras escurialenses eran ya una realidad visible. De manera que comenzó a valerse de sus discípulos, principalmente de Francisco de Mora, su fidelísimo ayudante, y éste a su vez inculcó lo herreriano en su propio sobrino, el también arquitecto Juan Gómez de Mora. Ambos siguieron la escuela del “herrerianismo”, que quedó ya implantado desde entonces en toda España y con influencias también en los territorios europeos que dominaba la Casa de los Austrias menores.

Juan de Herrera falleció el 15 de enero de 1597 cargado de honores y reconocimientos por su valía, muriendo así un año antes que su Rey y amigo, con quien mantuvo eternas conversaciones frente al Monte Abantos de la sierra de Guadarrama. Herrera entre otros cargos fue el director de la Academia de Matemáticas, que había fundado Felipe II a sus instancias. También fue Herrera inventor de diversos instrumentos náuticos para la seguridad de la navegación y variadas máquinas para facilitar y acelerar las obras. Y desde un plano teórico y científico escribió su famoso Discurso de la figura cúbica, donde la especulación teórica se encuentra con la filosofía que, como es sabido, suele ser el paso previo a las ciencias, junto a las técnicas, y, a veces, es también su conclusión. En esta línea de servicio y confianza con el Rey se puede contar el caso de la cúpula sin curvatura que se planteó entre Felipe II y Juan de Herrera. Fue en el atrio interior de la Basílica, justo el que da paso a la Iglesia, no en el exterior que corresponde al Patio de los Evangelistas. El caso es que comentaron los dos, que la configuración de esta cúpula, vista desde abajo y ejecutada a base de piedras de granito cortadas apropiadamente, pretendía simular la curvatura propia de las cúpulas. Pero el Rey se dio cuenta de que las piedras conformaban en realidad una circunferencia, sí, pero no había curvatura alguna, pues las piedras eran llanas y muy simétricas, y es que no hubo tal cúpula en la realidad. Tampoco se percibía la argamasa que las mantuviera unidas; ¿cómo jugaba, pues, la distribución del peso y la tensión lateral sin los soportes internos propios de las cúpulas? Pero allí estaban aquellas pesadas piedras de granito sujetas y sin caerse. Parece que ambos se rieron de aquel misterio… que sólo Herrera conocería.

Después de la terminación de las obras estructurales de los arquitectos, de sus ayudantes y de los obreros que trabajaron en el monasterio escurialense, empezaron a llegar las obras ornamentales y artísticas que fueron embelleciendo poco a poco el enorme edificio. Había empezado el turno de la función creadora para los diferentes artistas: pintores, escultores, etc. Asimismo, comenzó la llegada del mobiliario preciso para hacer la vida por parte de los que iban a habitarlo, así como de todo tipo de utensilios necesarios para el funcionamiento normal del día a día, encargándose de este proceso los múltiples aposentadores. De la ciencia y de la cultura en todos los ámbitos del saber se preocuparon los sabios y los estudiosos de las diferentes materias. Y en última instancia arribaron las reliquias de carácter religioso, que fueron recibidas y ordenadas en los diferentes camarines y estancias sagradas por los monjes jerónimos que se hicieron cargo de su recepción. En este último aspecto hay que destacar la llegada a España en 1594 de una “Sagrada Forma” que había sido mancillada al parecer por las botas de un soldado dentro de los actos vandálicos cometidos en el año de 1572 contra la iglesia católica durante la “Guerra de los 80 Años” y de los enfrentamientos que los rebeldes holandeses mantenían en contra de la Corona Española. Del traslado y guarda de esta reliquia se interesó personalmente el propio Felipe II, que había procurado su llegada a El Escorial. Nos referimos a la “Sagrada Forma teñida por la Sangre de Cristo”, según la leyenda popular. El propio Rey dio orden de que se estudiara la reliquia por cinco teólogos para que comprobarán su autenticidad. Éstos encontraron que la documentación recibida era insuficiente e indicaron que su entrada en el altar se retrasara un tiempo. Finalmente, en tiempos del Rey Carlos II se decretó que se colocara en el altar de la sacristía. Pues bien, esta reliquia ha dado lugar a una conmemoración que se celebra cada año en el último domingo de septiembre en la sacristía de la Basílica Escurialense. De todo ello hay un famoso cuadro de Claudio Coello de altísima calidad, titulado “Adoración de la Sagrada Forma” fechado entre 1685 y 1690. En este cuadro se muestra cómo Carlos II recibe la Comunión ante toda su Corte, distinguiéndose en él a diferentes personajes de la alta nobleza y también al propio celebrante, que fue el Padre De los Santos, que mantiene la reliquia entre sus manos dentro de una atmósfera que recoge una magnífica congregación pictórica que recoge unidos el Cielo y la Tierra. Pues bien, en los domingos de septiembre mencionados, se observa cómo este cuadro desciende y se oculta lentamente dando lugar a la aparición de la Sagrada Forma recogida en una Custodia en el altar de la sacristía de la Basílica de El Escorial.

El Monasterio de San Lorenzo El Real en la actualidad

¿Qué es, pues, realmente El Escorial? Con su Basílica, con su Biblioteca, con el Convento y sus monjes, con su Colegio, con sus Palacios Reales, con sus Panteones Reales y de Infantes, con sus Patios diversos, con sus Columnas y Arcos, con sus Torres y Cúpulas, con sus Chapiteles y Agujas, con sus Fachadas y Muros de piedra granítica, con sus Ventanas y Buhardillas, con sus Jardines, y también, cercando al Monasterio para su protección y satisfacción de sus diversas necesidades se encuentran allí sus sólidos Edificios Auxiliares o de los Oficios, que actualmente acogen diversas dependencias universitarias. El conjunto de lo señalado más arriba supone un gigantesco rectángulo de 205 metros de lado en la parte de la fachada principal, abierta a la Lonja del Poniente y de 162 metros del lado correspondiente a la fachada que da al Jardín de los Monjes. Este rectángulo representa una superficie construida en planta de unos 33.327 metros cuadrados. Y para estimar toda la superficie construida en el edificio escurialense habrá que reducir la parte que corresponde a la superficie de los 11 patios del Monasterio que quedan libres de construcciones de altura, mientras que el resto de la superficie disponible deberá multiplicarse por los cuatro pisos del edificio, que llegarán a ser ocho en las cuatro torres de las esquinas. A este somero recuento habrá que añadir las superficies que ocupa la Basílica y también los múltiples subterráneos y pasadizos de otras zonas diversas. De modo que estas breves consideraciones ofrecen una idea de la enorme cantidad de metros construidos totales que se ejecutaron en El Escorial. Se podría estimar que los metros cuadrados construidos superarán en todo el recinto escurialense la cifra de 100.000 metros cuadrados. Un enorme esfuerzo constructor que representaría un coste significativo que tendría que afrontar el erario público, dicho en términos actuales. En nuestra época se estima que el coste del metro cuadrado construido en una edificación de excelente calidad se puede situar en 2.000/3.000 euros/m2. Independientemente del nivel de precios del momento de la construcción de El Escorial y dado el sólido material empleado, hagamos un cálculo somero: los 100.000 metros construidos estimados a precios actuales de unos 5.000 euros/m2, dada la calidad de los materiales utilizados, supondría que el coste total de la edificación del Monasterio de El Escorial se podría estimar en unos 500 millones de euros actuales. A este importe habría que añadir el importe de las obras artísticas, del mobiliario y de los diversos enseres que constituían los medios necesarios para realizar la vida de todos sus habitantes y servidores. Y considerando que 1 ducado equivaldría hoy a unos 37,5 euros (*), el montante recogido en ducados, moneda que se usó en la España de los siglos XVI y XVII, supondría un coste para las arcas reales de Felipe II de unos 13 millones de ducados. No se incluyen evidentemente los costes y la valoración actual de los bienes artísticos de todo tipo que guarda el monasterio.

(*) Según estimaciones 1 Ducado (375 maravedís) equivaldrían hoy a unos 37,5 euros

¿Qué representa en su integridad el Monasterio de El Escorial? Pues todo lo dicho hasta ahora, y algo más. Veámoslo.

Si se habla de El Escorial en términos económicos hay que identificar a los centros de decisión que den razón del proceso de gestión llevado a cabo. En este caso este proceso presentaba tres centros de decisión: 1º. El Rey Felipe II, que dirigía y decidía, y, además, poseía el Poder Económico. 2º. Los arquitectos, que marcaban el proceso técnico de las obras y ofrecían las soluciones a los problemas que se plantearan. y 3º. la Orden Jerónima, que tenían máxima experiencia y conocimiento de la vida monástica y su consejo en las obras y la fundación de El Escorial no fue especulativo sino bien fundamentado dado su conocimiento de las necesidades. Hay que recordar que esta Orden se fundó en el año de 1373 siendo aprobada por el Papa Gregorio XI. Se estableció su sede madre en el Monasterio de San Bartolomé de Lupiana, en la provincia de Guadalajara. Esta Orden de vida ascética y contemplativa se extendió por toda España y también, en algún caso, por Portugal. Llegó a tener más de 70 casas a lo largo de los siglos hasta el momento la llegada de la desamortización de Mendizábal ya en el siglo XIX.  En la actualidad solo queda de la Orden Jerónima un único Monasterio, el de Santa María del Parral, en Segovia, que está habitado hoy en día por sólo 6 monjes.

Pues bien, sus consejos monásticos en la construcción de la fundación escurialense se dirigieron a señalar las mejores ubicaciones para los distintos espacios: el coro, la sacristía, la sala capitular, la disposición de las celdas, la ubicación de las cocinas; señalando aquellas disposiciones más ventajosas entre las diferentes posibles. Los    monjes mostraban las ventajas de acertar e indicaban las consecuencias de los errores derivados de las decisiones equivocadas. De modo que los religiosos intervinieron en los ámbitos que ellos conocían bien. Y el propio Rey, con su omnipotencia y sus criterios bien meditados y los propios arquitectos y sus oficiales se avinieron a un diálogo razonado con aquellos monjes que poseían muchos monasterios y casas por toda España. De modo que el templo, la zona conventual y el palacio personal e íntimo del rey, quedaron a la derecha y, a su vez, la parte más pública y cortesana del palacio y el colegio, se situaron a la izquierda, mientras que los ámbitos dedicados a la elaboración del conocimiento y al saber acumulado de la biblioteca se emplazaron en el centro.

Esta disposición presenta en su composición una verdadera geografía muy elaborada para alcanzar unos objetivos que el Rey tenía siempre muy presentes. Primeramente, cumplir la petición de su padre, el Emperador, de contar con un lugar para su eterno descanso y, en segundo lugar, disponer él mismo de una proximidad del Altísimo dada su condición de hombre de fe. Asimismo, obtenía la posesión de un lugar de descanso y de meditación fuera de la Corte, pero cerca de ella. Y es que, si Madrid simbolizaba el mundo contingente, El Escorial encarnaba la esfera de lo transcendente. Por último, el Rey buscó el establecimiento de un lugar de estudio para una élite capaz de crear sabiduría nueva a partir de la acumulación de los conocimientos anteriores.

En este sentido geográfico y metafísico de la composición del Monasterio de San Lorenzo El Real que hemos indicado más arriba, destacaremos también que el Rey reservó el Templo grande, que quedaba un poco retraído del exterior, como correspondía a un lugar destinado a la Divinidad, mientras que la iglesia, el llamado “Pequeño Templo” se destinó a los fieles y transeúntes no pertenecientes al Monasterio. Y es que para Felipe II existían dos mundos superpuestos: el medieval y el renacentista, y dos tiempos: el pasado y el futuro. Él tuvo que convivir con los primeros de cada caso, pero considerando siempre los segundos dentro de sus planes.

En definitiva, El Escorial se aleja de lo convencional, que sería lo puramente monástico, siguiendo la conformación mayestática y religiosa propia de los Reyes de España que venía de lejos cómo ya hemos señalado mientras se acercaba a construir una configuración totalmente nueva. El Escorial es la Tradición y es también la Innovación. Viene del mundo medieval y se introduce en la modernidad. No es una mera simbiosis dado que ésta se crea a través de la adición. Es un verdadero sincretismo innovador que nace de conciliar diversos factores que dan lugar a una sustantividad diferente que se materializa en una nueva realidad. Por tanto, El Escorial es la modernidad razonada que se apoya en la tradición para imponer lo nuevo y preparar el futuro. Es este un modelo que siguieron diversas cortes europeas siendo su ejemplo más significativo el Versalles de Luis XIV, aunque el sistema concebido por Felipe II se diseñó como una inversión, es decir, bienes aplicados a la búsqueda de una ganancia futura, mientras que la copia francesa fue destinada a un mero gasto -no recuperable, por tanto- para el divertimento y el placer.

En esta línea de los beneficios obtenidos con la inversión realizada en la construcción del Monasterio de El Escorial, se podría decir empleando el lenguaje económico actual, que la misma permitió elevar la demanda interna del país mediante el aumento del gasto público, incrementando así el Producto Interior Bruto (PIB) durante los años de la realización de las obras. Y en este sentido el famoso economista John Maynard Keynes con su teoría de la demanda agregada constituida por la salida de recursos de los particulares, de las empresas y del propio gobierno, estaría de acuerdo desde el punto de vista del crecimiento económico con la decisión constructiva del rey Felipe II.

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En esta línea de vastos proyectos y tras la terminación de las grandes obras escurialenses, Felipe II se sintió libre para emprender nuevos objetivos con la finalidad de fortalecer su imperio universal preparando renovados propósitos militares con suerte diversa. Entre ellos se encontraba la denominada Empresa de Inglaterra, que preparaba el envío en 1.588 de la llamada en España, la Grande y Felicísima Armada, que no alcanzó sus objetivos por diferentes motivos, entre ellos, el fallecimiento inesperado del gran marino que estaba destinado a capitanearla, el invicto Marqués de Santa Cruz.

Por el contrario, sí fue un éxito rotundo la destrucción de la denominada Contra Armada inglesa de 1589 que la Reina Isabel de Inglaterra envío a las costas españolas con la excusa de ayudar al Prior de Crato -el hijo natural del infante Luis de Portugal- que pretendía la Corona de Portugal, corona que ya ostentaba con todo derecho el propio Felipe II. Este objetivo terminó con el desastre de la flota inglesa que fue destruida en su intento fallido, sufriendo los ingleses una gran mortandad en aquella guerra. Finalmente, el conflicto anglo-español, que se venía prolongando por los ataques de los corsarios ingleses a las flotas españolas que procedían de América, terminó con el Tratado de Londres de 1.604, que consagraba la hegemonía española para las siguientes décadas del siglo XVII.

Por último, y en este pequeño tramo de intervenciones militares a finales del reinado de Felipe II, hay que recordar un planteamiento que estuvo presente en el ánimo del monarca durante mucho tiempo y en dónde su característica prudencia estuvo siempre presente. Nos referimos a la conquista de la China, un imperio que a veces daba problemas a las posesiones españolas en el Pacífico. Esta idea nacida ya en 1576 se prolongó a lo largo de 10 años sin decidirse el monarca a llevarla a cabo, pero al ir terminándose las obras escurialenses, volvió de nuevo a su cabeza la posible ejecución de este proyecto. Fue su gran tentación… a la que no cedió. Actuó con su calma habitual estimando que, aun siendo interesante aquella empresa, supo reconocer que le faltaban los brazos militares necesarios para acometerla. Y así fue, si bien los datos señalan que en el año de 1580 llegaron a Manila más españoles que en ningún otro momento, aunque finalmente desistió de aquel proyecto. Y es que la tradicional escasez poblacional de España fue una circunstancia que estuvo presente en el origen de la decadencia del último tercio del siglo XVII.

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Pero dejemos lo tangible cuya máxima expresión visual pudieran ser las guerras que tuvo que sostener el Rey Felipe II y volvamos, brevemente ya, al ámbito de El Escorial en dónde juega lo intangible entre sus realidades más sutiles. En efecto, el Monasterio de El Escorial no sólo es una estructura física, sino que guarda también una estructura mental, y si su configuración externa sobrecoge por su rotundidad, el siguiente paso sobre su condición comporta ya una invitación a penetrar en su estructura íntima en dónde se percibe la fuerza vital que lo anima y da razón de sus objetivos más sustantivos. El Escorial interior ofrece una vivencia sostenida para establecer un diálogo secreto con su auténtica identidad, que permanece siempre viva, aunque tal vez escondida como corresponde a su condición de obra mental, intelectual y artística. Será tal vez una conversación mantenida sobre el mensaje dejado por sus principales constructores que, transcendiendo el tiempo y el espacio, se renueva cada vez que un nuevo visitante traspasa los diferentes umbrales de cada una de las puertas que se abren al exterior de su recinto. Es éste un mensaje que quedó firmado por las lágrimas que vertió Felipe II la noche en que aprobó el resultado de su obra.