LAURA Y PIETRO

Llegaron al exterior de las murallas de Ávila, donde Pietro y su nieta, que estaba a punto de casarse, se sentaron con la espalda apoyada en la piedra del viejo muro.

—Abuelo, me prometiste contarme la verdad de cómo llegaste de Italia a vivir aquí.

Él miró al frente melancólico.

—Cuando mi padre me envió a esta ciudad, para que no me asesinarán, no existían todas estas aberrantes urbanizaciones y construcciones al lado de esta muralla —dijo mientras negaba con la cabeza.

Ella se giró hacia él y se tapó la boca. Su abuelo la miró y le contó su historia:

 

Bertolina, la madrastra que tuvimos mi hermana melliza Laura y yo, intentó en una ocasión deshacerse de nosotros, pero por falta de credibilidad no lo consiguió. Salvatore, tu bisabuelo, pensaba que eran cosas de la edad y que no afectaban a la familia. La familia era lo más importante. Le dijo que tenía que darnos tiempo a que nos acostumbrásemos a la nueva situación, aunque Bertolina no estaba dispuesta a repartir la futura herencia. Ella arriesgó mucho por estar junto a él y no lo iba a permitir. Abandonar a tu familia por una contraría no estaba bien visto entre los clanes mafiosos de Italia.

Bertolina se cercioró de conseguir que D. Salvatore Totta repudiase de nosotros, como a ella le rechazaron los suyos.

Un día, al terminar el almuerzo, seguíamos los cuatro sentados en la mesa del comedor.

—Laura, ¿puedes explicar a tu padre la relación que llevas en secreto? —dijo Bertolina tras cruzar las manos sobre la tabla de madera maciza y dirigir su mirada felina sobre mi hermana.

—¿Qué relación? —respondió ella, a la vez que arrastraba la silla hacía atrás y cruzaba los brazos debajo de sus pechos.

Mi padre miró a Bertolina mientras con la servilleta se limpiaba los labios. Ella se giró hacía él, sonrió y dijo:

—La niña parece que tiene un mal pretendiente.

Él volvió la cabeza hacia Laura.

—¿De quién se trata?

—De nadie —manifestó Laura.

—Bertolina… con dieciocho años no se tiene una relación ni buena ni mala —afirmó mi padre.

Se hizo un pequeño silencio. Yo miraba a mi hermana con cara de circunstancia, mientras ella y la madrastra se observaban con recelo.

Bertolina solo pronunció su nombre.

—Bruno Bianco.

La mirada inquisidora de D. Salvatore Totta hacia Laura resquebrajó el silencio roto por el sonido de aquel nombre. Me puse de pie. Mi padre sin dejar de mirar a su hija, levantó el brazo y con un gesto dominante con la mano me ordenó que me sentara. Bertolina mostró una leve sonrisa de soslayo.

—Me puedes decir qué haces juntándote con esa familia —gritó Salvatore.

—Nada —respondió secamente mi hermana.

—Laura, ellos mandaron matar a vuestra madre —ratificó él.

Ella inclinó la cabeza hacia el suelo y dijo:

—Nunca supimos la verdad.

Salvatore golpeó tan fuerte con la mano cerrada sobre la mesa de roble macizo, que se partió la correa de su rolex de oro. El reloj quedó inerte con la esfera boca abajo, como si se hubiese detenido el tiempo.

—¡Dudas de que no sé quién mató a mi mujer! —volvió a gritar y aspiró el abreviado silencio con una bocanada de rabia—. ¡Y encima, te dejas tocar por las manos ensangrentadas del asesino de tu madre! —bufó repetidas veces como un toro de lidia y miró a su hija con los ojos fuera de sí.

Laura levantó la cabeza para decirle:

—Te crees que lo sabes todo —hizo un inciso y se puso de pie—. Pero estás equivocado. En lo importante siempre nos has fallado.

Seguidamente, me volví a levantar temeroso de la silla para ponerme al lado de mi hermana. Nuestro padre vio como Bertolina sonreía mientras le negaba con la cabeza. Se giró hacia Laura y le pegó una bofetada. Ella cayó al frío suelo de perlato de Sicilia y la ayudé a levantarse con rapidez. Se limpió un hilillo de sangre de la nariz, después miramos a nuestro padre.

—No pegues a mi hermana —le increpé.

La cara de Salvatore tornó en decepción.

—Veo que estáis los dos contra mí —suspiró y encolerizado continuó diciéndonos—. Fuera de mi casa. No os quiero volver a ver. Que os proteja la familia Bianci.

Bruno Bianci nos recibió en el apartamento que su padre le regaló el día que cumplió los dieciocho años. Estaban con él otros dos amigos del barrio que siempre le acompañaban, pertenecientes al clan familiar de los Bianci.

—Laura, para que me crean en la familia, tienes que demostrarme con un acto de buena fe que estás con nosotros —le expuso Bruno.

—Te puedo dar la vida de quién más quiere mi padre —le ofreció Laura.

—¿La de su nueva esposa? —preguntó Bruno.

Ella asintió. Él se incorporó del sillón y señaló la televisión a sus amigos. Estos desde el sofá, en el que estaban sentados, la apagaron. Luego se dirigió al centro del salón donde nos encontrábamos de pie. Se puso enfrente de Laura y le apartó el pelo largo y moreno de la cara hacia un lado, para acariciar su suave mejilla con el envés de la mano hasta llegar al lateral de su cuello sedoso. Le vi ansioso de ella y dijo:

—Tú vendrás con nosotros y tu hermano se quedará con dos soldados de la familia —suspiró y continuó—. ¿Entiendes, no?

—Está bien. Os llevaré al lugar donde se reúne con sus amigas todas las semanas —explicó ella.

Bruno sonrió y la atrajo hacia sí para comerla los labios de un beso.

Esperaron en un coche en la calle de un polígono a las afueras de la ciudad, paralela al lugar de encuentro entre Bertolina y sus amigas. El sitio estaba situado en la trastienda de una lavandería industrial de hostelería, donde jugaban a las cartas. Aunque cambiaban de coche para llevarla, siempre entraban en la misma dirección porque la travesía era de un solo sentido.

En cuanto les comunicaron por walkie que iba a entrar en la calle, arrancaron el coche y se pusieron en marcha hasta detenerse a la altura de la vía. Una vez que vieron que el vehículo de nuestra madrastra circulaba por ella, giraron bruscamente en su dirección. El coche de Bertolina se detuvo al verlos, pero fue tarde para ir marcha atrás porque los Bianco ya estaban a su altura tiroteándoles. El auto quedó como un queso de gruyere y mi padre acababa de perder a su segunda esposa.

Laura y Bruno hicieron el amor repetidas veces en el apartamento de él. Yo fui invitado a comer en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, para que ellos pudiesen estar solos, y más tarde ver una película, donde los dos soldados que me acompañaban esperarían en el café del interior del cine a que acabase la sesión.

Mientras que el sexo sobre la cama no tenía fin, llamaron a la puerta. Ellos hicieron caso omiso y siguieron devorándose. El timbre volvió a sonar, pero seguían en su entrega particular. De repente el llamador sonó de continuo y era tan molesto que tuvieron que perder la concentración en el placer.

—¡Me cago en la puta! —gritó Bruno y salió desnudo en dirección de la puerta—. ¡Joder te vas a enterar cacho cabrón!

Antes de abrir la puerta debió coger una pistola, giró el pestillo y bajó la manilla. La puerta se abrió. Yo le puse el silenciador de la pistola en la cabeza y disparé. Bruno cayó de espaldas, con un agujero entre sus ojos, desnudo y con el arma entre los dedos.

Luca, la mano derecha de tu bisabuelo, se reunió con él en su despacho para entregarle una carta.

—D. Salvatore, nunca me he entrometido entre tu vida y la de tus hijos, pero deberías ver lo que contiene el sobre —le dijo.

Luca se lo entregó a mi padre y éste le observa desconcertado.

Salvatore cogió el abrecartas y lo rasgó por la parte superior.

En ese momento apareció una foto nuestra con el cadáver de Bruno Bianci. Por detrás había escrita una frase: “Por fin está muerto el asesino de nuestra madre”.

Después un pequeño reportaje gráfico, hecho un par de meses antes, en el que demostraba cómo Bertolina le traicionaba con la familia Bianci. Al final en una cuartilla un número de contacto con el nombre de Laura.

Fue cuando Luca le vio llorar por segunda vez en su vida. En silencio, le acercó el teléfono. Marcó el número que había escrito en la carta y al segundo tono oyó la voz de mi hermana.

—Papa.

—Laura, antes de ir a almorzar juntos a vuestro restaurante favorito, deberíais pasar por casa a cambiaros de ropa.