CANTANDO BAJO LA LLUVIA

 

Ella estaba preocupada. Su marido tardaba más de la cuenta, hasta que oyó cómo se abría la puerta de casa. Entonces se dirigió hacia la entrada preguntándole dónde se había metido. Se sorprendió al verlo empapado.

—¿Qué te ha pasado? ¿No ibas en coche a hacer el recado?.

—Sí, pero se me olvidó dónde había aparcado —respondió tiritando de frío, quitándose la cazadora.

—Anda, pasa al baño, quítate la ropa y sécate bien, que todavía te vas a poner malo ─dijo ella en un tono conciliador.

Mientras iba al baño su marido le contestó:

−─Me puse a buscarlo y empezó a llover a mares. Y di vueltas y más vueltas, y cada vez llovía más y no lo veía. Pero menos mal que lo encontré —le contó mientras se desnudaba en el baño, y ella percibió un hilo de angustia en sus palabras.

─No pasa nada, no eres el primero que no recuerda dónde ha dejado su coche —comentó ella quitando hierro al asunto, a la vez que le dio una toalla para que se secara.

─Será la edad —respondió él secándose la cabeza.

Ella salió del cuarto de baño pensando que había empezado el eterno final, como el médico le avisó: “La memoria es como un interruptor de la luz. Suele estar encendido y de vez en cuando se apaga, pero según avanza la enfermedad está a oscuras más tiempo”.

Perder la memoria es lo peor que le podía pasar, pero ella estaba para recordar por los dos. Su mayor recuerdo era del día que se casaron en la Ermita de Guía, de Jerez de la Frontera. Aquel sitio tan hermoso corría el peligro del olvido, como su marido.

Desde ese día, cuando hay tormenta, canta bajo la lluvia por no llorar.