EN EL CUARTEL DE LAS HERAS

 

Desde que has tomado la decisión definitiva, la que seguro que cambiará tu vida, debes conocer dos cosas. Mientras conduzco en esta húmeda noche ceutí, que cala hasta los huesos, hacia el abandonado y a punto de derruir Cuartel de la Heras donde hemos quedado, te las voy a contar. Presta atención. De ningún modo debes saltarte alguna de ellas, pues entenderá que estás intentándole engañar, y ocurrirá lo peor.

Detengo el vehículo en un semáforo. Su luz roja se refleja en el cristal de la luna. Hace mucho frío y mucho viento. Te miró.

—¿De acuerdo Abel?

Me miras y asientes con un gesto en silencio. En tus ojos se refleja la ira. El vendaval zarandea mi coche. La luz cambia y se pone verde. Meto primera y continuamos. Acelero rápido y vuelvo a embragar. Le subo de revoluciones para ponerlo en tercera. Ahora empiezo a contarte de qué va el juego en el que te has metido.

Nunca, jamás, debes hablar de Cuerpogato a nadie, sino te da permiso. Y la más importante es que sigas sus reglas, las cumplas a rajatabla, sin peros, sin objeción alguna.

—¿Te queda claro?

—Me queda claro.

Paro el coche en un paso de peatones, donde termina una pared de piedra, cerca del mar. Apenas está iluminada. Te indico que te bajes y vayas a la verja negra con la mochila que has traído. Allí tienes que esperar, mientras aparco el coche.

Pasan cinco minutos. Sigues solo. Impaciente.

Aparece un hombre alto, delgado, encorvado, abrigado con una cazadora con la capucha tapándole la cabeza. Llega hasta a ti y te dice que le sigas. Tú le sigues a la vez que me buscas con la mirada, sin encontrarme. En la verja del viejo cuartel hay una barra rota, la quita y te indica que pases con él. Avanzáis unos pocos metros y dejáis una ruinosa garita a vuestra derecha para subir unas escaleras. Abre una puerta verde oxidada de metal. La entrada está a oscuras, pero al fondo del corto y estrecho pasillo se ve luz. Continuas detrás de él y la cierras, como te ha dicho. Cada vez existe más claridad y entras en una sala destrozada, olvidada por la falta de uso, donde te vuelves a encontrar conmigo y un hombre, que está a mí lado, de cuerpo esbelto, oído agudo, nariz corta y excelente vista. Ahora estamos los cuatro.

—Él es Cuerpogato —te digo.

Maki, el chico que te ha traído hasta aquí, coge la mochila que llevas al hombro y la lanza por los aires hacia nosotros para comenzar a cachearte. Cuerpogato la coge al vuelo con una mano.

—Levanta los brazos —te dice.

Tú los levantas, nervioso y en silencio. La ira de tus ojos se ha transformado en duda y desconcierto. Te observo y Maki termina de cachearte y nos hace un gesto afirmativo. Después se coloca un paso detrás de ti.

No abre la bolsa. Sabe lo que hay dentro.

—Lo primero es el dinero— te dice Cuerpogato.

Tenso, asientes.

—¿Cuánto tiempo hace que no hablas con el tipo que te debe la pasta? —te pregunta.

—Un mes, más o menos.

—¿Le has denunciado?

—No.

—Bien. ¿Desde hace cuánto tiempo te debe los seis mil euros?

—Hace tres meses.

Cuerpogato se calla, antes de empezar a contarte cómo lo van a hacer.

Interiormente le comienzas a analizar, yo lo sé. Pero solo tienes que entender bien sus explicaciones, de nada te va a servir estudiar la situación. Ya has entrado en ella, ya no hay vuelta atrás.

—Aunque nos has pagado la mitad de lo que te deben en cuestión de honorarios, tendremos que esperar cinco meses. No mantendrás ningún tipo de contacto con tu deudor. Tiene que pensar que te has olvidado de él, que das por perdido el dinero, que sabes que es imposible cobrárselo. Entonces será el momento en que nosotros entraremos en acción. Primero una noche, después de haberle seguido, nos meteremos en su casa. Sin preocuparnos de las personas que viven con él. Todas recibirán una buena paliza. No nos importa ni la edad, ni el sexo de los que estén esa noche allí —te explica Cuerpogato.

—Solo vive con su mujer, que está embarazada.

—Eso nos da igual. ¿Tú quieres cobrar? ¿no? ¿Tú quieres que no se rían más de ti, es cierto?

—Sí —afirmas y bajas la cabeza.

Hay un breve silencio y Cuerpogato respira fuerte para continuar. Vuelves a mirarle y te lanza una mirada desafiante.

—Luego le llevaremos de los pelos a un cajero donde le sacaremos todo el dinero posible. Más tarde, después de darle otra paliza, robaremos de su casa todo lo que tenga valor—ahora da un par de pasos para acercarse a ti. Puedes oler su halitosis, como la de los gatos—. Le haremos unas fotos con una cámara y nos iremos. Dejaremos que pasen unos días y quedaremos contigo. Te enseñaremos las fotografías y te daremos la mitad de todos los beneficios sacados del cajero y de la venta de los objetos que le hayamos cogido prestados.

Cuerpogato te miró sonriente. Tú me miraste a mí y yo asentí con las cejas levantadas, para hacerte entender que tenías que devolverle la sonrisa con otra. Entonces, despacio, sonreíste.

—Y después todos calladitos, y cada uno por su lado.