LIMPIEZA

Ella estaba entubada. Él no se lo podía creer después de todo lo que le habían dicho los médicos. Allí, a escasos cien metros de Bea, sentado en un banco de la calle se preguntaba para qué sirvieron tantos esfuerzos, tanta dedicación. Ser la número uno en las oposiciones y conseguir plaza fija. Se sentía impotente, no podía hacer nada, solo esperar. Tenía la mirada perdida y en silencio negaba con la cabeza. Dejó de moverla lentamente y los ojos se le encharcaron. Entonces empezó a llover. El día gris se oscureció. Él trabajaba de carnicero en un supermercado de la ciudad después de haberlo hecho en la Casa de la carnicería de su pueblo, en Manzanares, donde conoció veinte años atrás a Bea. Llevaban media vida juntos.

 

Una semana antes, Bea fue a trabajar en su horario fijo, de tres de la tarde a diez de la noche, en el hospital central de la ciudad. Ella, como siempre sonriente, entró por el aparcamiento de empleados donde suelen estar las ambulancias, en el nivel 0. Bea se dirigió por los pasillos a los vestuarios de personal que se encontraban en esa planta. Las cosas no eran como meses atrás, el ambiente estaba enrarecido por la pandemia. Había gente por todos los lados, los que iban a urgencias, los que tenían una cita previa, los ingresados que salían de planta, otros a los que hacían diferentes pruebas y todo cubierto por ese persistente olor a lejía.

Primero recogió su ropa en el cuarto de lencería, donde le dieron de la talla “XL” un pantalón azul y una chaquetilla blanca, así como guantes y mascarillas de un uso diario. De ahí se dirigió a los vestuarios. Existían cinco cuartos, uno para hombres y cuatro para mujeres. Cada uno constaba de trescientas taquillas. Una vez vestida se puso un cordón de color morado al cuello para identificar su función en el hospital, ya que todos los trabajadores llevaban la misma indumentaria. Luego, se encaminó a por su carro de limpieza con todos los utensilios repuestos por el turno anterior. Desde que consiguió la plaza de operario de servicios de la Gerencia Regional de Salud, era la mujer más feliz del mundo.

Recordó que no tenía que beber y se acercó, sin el carro, a una máquina de bebidas para sacar un botellín de agua. A unos tres metros vio a una señora que estaba sentada al lado de una puerta de la consulta de un médico.

—¡Señorita, por favor! ¿Cuándo me van a atender? —le preguntó la mujer exasperada.

—Lo siento —respondió mientras mostraba una leve sonrisa y le enseñaba el cordón morado—. Yo soy operaria de limpieza, no puedo ayudarla. Espere a que la llamen.

La señora la miró desconfiada. Bea le dio la espalda y se acercó a su carro para avanzar por los pasillos hacia la Sala Polivalente.

—Llevo una hora esperando —afirmó la mujer contrariada.

—No puedo ayudarla. Debe esperar —dijo mientras empujaba el carro.

Bea continuó.

Aquella semana le tocó la limpieza de la Sala Polivalente que se encontraba en el nivel 0, al lado de la salida y entrada de ambulancias. Esta estancia era enorme, ocupaba un espacio seiscientos metros cuadrados. La denominaron de este modo porque se utilizó desde que el virus entró en nuestras vidas, para tres cometidos diferentes: Docencia, fabricación de trajes EPI “artesanos” y en la actualidad para extracciones sanguíneas de COVID y NO-COVID.

Para llegar a la dicha estancia dejaba a un lado el departamento de psiquiatría y después, la zona donde las ambulancias recogían a los enfermos que les daban el alta.

En este punto pudo observar cómo un conductor de ambulancia, porque les reconocía al ir vestidos con un EPI, empujaba una silla de ruedas llevándose una mujer mayor que estaba dormida. Entonces un hombre de unos cincuenta años empezó a dar voces.

—¡Eh, tú, astronauta, que yo iba antes! —gritó tras bajarse la mascarilla—. ¡Estoy hasta los huevos de esperar, cabrones, llevo aquí más de dos horas y la vieja esta acaba de llegar!

El hombre tenía espumarajos en los labios. Bea se acercó a él y le sonrió.

—Tranquilo señor. Seguro que no tardarán en atenderle —le dijo sosegada.

Él, la observó de abajo a arriba.

—¿Tú quién coño eres?

—Alguien que trabaja aquí y, por favor, debe subirse la mascarilla. No tardarán en atenderle —le respondió para intentar calmarle y evitar que el resto de la gente se alterase.

Volvió a mirarla y vio el carro de la limpieza. Tensó los brazos sobre la silla de ruedas y se alzó un palmo sobre el asiento.

—¡Vete a limpiar zorra y déjame en paz!

Dos auxiliares entraron en la sala y uno de ellos gritó:

—¡Apártate!

Bea se giró para mirarles.

—¡Es positivo! —le advirtió mientras se acercaban a ellos apresuradamente.

Bea volvió a mirar al hombre y él la escupió a los ojos. Los auxiliares le ataron a la silla, mientras ella se limpiaba la cara con un pañuelo de papel.

—Es un paciente esquizofrénico —le informó uno de ellos.

 

De repente paró de llover. El marido de Bea estaba empapado. Las nubes empezaron a dejar que el día se aclarará. Entonces sonó su teléfono móvil. Lo sacó del bolsillo del pantalón y descolgó. Llamaban del hospital.

—Buenos días, ¿Juan José García?

—Sí, soy yo —respondió despacio con el estómago encogido.

—Beatriz está recuperando capacidad pulmonar y parece reaccionar al tratamiento.

Él rompió a llorar mientras el sol se abría paso entre las nubes.