BLACK

Ernesto vivía con su perro ratonero Black en un piso de setenta metros cuadrados, en una planta baja en frente del cementerio en el que trabajaba. Era su única compañía desde que enterró a su mujer por culpa del cáncer, hacía ya cinco años. La casa se ocultaba tras un árbol que había en la acera y cubría la luz que intentaba entrar por sus ventanas, como la propia vida de Ernesto.

Él era enterrador desde siempre, desde que ayudó a su padre de pequeño en Olmillo un pueblo de Segovia, en la Ermita de San Lorenzo, la que al ser abandonada se aprovechó de cementerio. Ahora continuaba, en la gran ciudad, con su trabajo entre nichos y lápidas. El tiempo restante bebía whisky barato en el bar que había a escasos metros de su casa. Por culpa de la pandemia se habían triplicado los servicios y eso le suponía una mayor carga emocional, la que suplía con el alcohol. Después de la muerte de su esposa, su único hijo dejó de trabajar con él y Black se convirtió en su sombra, le acompañaba a todos los sitios. Alberto se fue para montar un pequeño restaurante de comidas con su mujer lejos de Ernesto, advirtiéndole de que no se acercase nunca porque ellos no servían a alcohólicos.

Se pasaba los días ebrio para poder soportar su vida. Últimamente tenía que abrir y recolocar tumbas para hacer hueco en ellas y poder enterrar a más familiares. Era un servicio esencial en el que nadie prefiere no pensar. Apenas comía, solo fumaba y bebía. Cada día estaba más delgado y su baja estatura se acrecentaba, ya que la espalda se le encorvaba de las horas de trabajo. La cara morena se le había cuarteado del viento y el sol. Black estaba siempre alerta a cualquier ruido y al acecho de los posibles roedores que merodeasen las tumbas que su dueño destapaba. Era pequeño y pesaba siete kilos. Su cabeza triangular con manchas negras poseía unos ojos oscuros y chiquitos. En el resto del cuerpo portaba un pelo liso y corto de color blanco.

Un domingo por la mañana sonó el timbre de la puerta. Ernesto vestido sobre la cama abrió los ojos, a la vez que se llevaba las manos a la cabeza. Black dio un ladrido, recordándole que ayer bebió demasiado. Su compañero se acercó a la entrada, allí se calló y alzó las orejas doblándolas hacia adelante. Después volvieron a llamar. Ernesto miró el reloj de su muñeca que marcaba las doce y dijo en voz baja:

—No me dejan en paz ni el día de descanso.

Se levantó a cámara lenta y se echó el pelo cano para atrás según avanzaba despacio por el estrecho y oscuro pasillo. El timbre volvió a sonar. El perro giró la cabeza para ver a su dueño llegar junto a él.

—¡Ya va, ya va! — gritó a media voz mientras sacaba un chicle de menta del bolsillo para metérselo en la boca.

Abrió la puerta. Su rostro empalideció. El alcohol se evaporó y Black  ladró una vez más y se acercó dando saltos de alegría sobre el hijo de Ernesto. Alberto cogió al perro y lo acarició y este le lanzaba lametones sobre la cara. Se había ido de casa cuando Black tenía dos años.

—Hola padre —dijo con una forzada sonrisa.

Ernesto le observó. Pesaba diez kilos más que hace cinco años. Ahora no solo le sacaba una cabeza sino que también dos cuerpos. Le miró a los ojos sin saber que decirle, mientras recuperaba el color atezado de su cara. Su hijo dejó a Black en el suelo.

—Tenemos que hablar—dijo rotundo Alberto tras cambiar el gesto—. Es importante.

Su padre en silencio abrió del todo la puerta y le invitó a pasar con el brazo. Una vez que entró, Ernesto escupió el chicle a la calle y cerró sin hacer ruido. Los tres fueron hasta la cocina. En la pila del fregadero había un plato y cuatro vasos sucios. En la desgastada y roída encimera se podía ver una botella mediada de whiky,  un tetra-brik de vino tinto y seis latas de cerveza estrujadas. Sobre la cocina de gas una cafetera. En la mesa un frutero sin fruta, con dos dientes de ajo. Alberto se sentó en una de las dos sillas y Black se colocó debajo. Ernesto echó agua en la cafetera y cogió de una estantería un bote de café para poner unas cucharadas. Abrió el gas y encendió un fuego para calentarla. Estaba de espaldas a su hijo, con los brazos apoyados sobre la encimera y cabizbajo. Sin girarse le preguntó:

—¿A qué has venido?

Se hizo un incómodo silencio.

—Tenemos que hablar de la herencia que me dejó mi madre —respondió mirándole la espalda.

—¿De qué herencia hablas? —volvió a preguntar y levantó la vista al frente contra los azulejos descoloridos de la pared.

—No tengo para pagar a los proveedores —afirmó tragándose el orgullo.

—¿Me puedes decir qué es lo que quieres cinco años después? —preguntó entre dientes.

—Las cosas se han complicado con la pandemia.

La cafetera sonó y apagó el fuego. Ernesto cogió dos vasos de cristal de una estantería y los puso sobre la mesa. Alberto se empezó a balancear sobre dos patas de la silla, como cuando era niño. Su padre le sirvió café hasta la mitad, después hizo lo mismo para él. Dejó la cafetera sobre la encimera. Entonces se sentó en frente a su hijo y le miró airado.

—La mitad de la casa es mía—dijo manteniéndole la mirada mientras seguía balanceándose en la silla—. Está muy claro en el testamento de mi madre.

—¿Y qué pretendes hacer? —preguntó llevándose el vaso a la boca.

—Venderte mi parte—contestó y calló para acercarse el vaso— o vender el piso y repartirlo a partes iguales.

La ira de Ernesto se apoderó de él y le tiró a la cara el café caliente. Alberto se desequilibró y cayó de espaldas al suelo. Su cabeza golpeó con el rodapié. Black se escabulló como una lagartija de la cocina y se quedó en el quicio de la puerta, donde observó cómo salía sangre de los oídos de Alberto y se puso a gemir.

De noche, Ernesto llevó el cuerpo de su hijo en su coche destartalado al cementerio. Entró por la puerta de acceso trasera para los empleados. Abrió la tumba donde estaba enterrada su mujer y lo introdujo allí.

Al día siguiente trabajó como de costumbre. Por la tarde, la mujer de Alberto se presentó en el cementerio a preguntar por él. Ernesto contestó que llevaba cinco años sin verle, mientras Black estaba tumbado encima de la sepultura familiar.

—¿Entonces que hace el coche de mi marido aparcado en tu calle?